domingo, 27 de marzo de 2016

Reseña de Némesis, de Agatha Christie

¡Buenas tardes a todos! Después de mucho tiempo, vuelvo con otra reseña (yo dije, y si no será motivo de otra entrada, que soy de lectura lenta). En este caso de una muy buena novela policial de alguien que las sabe hacer un poquito bien.





















Tardé bastante en leer este libro, básicamente por dos motivos. El primero, cierta falta de coordinación entre los momentos en que me daban ganas de leer, y los momentos en que podía hacerlo. Me tomé unos dos meses enteros para leerlo, aunque a partir de cierto punto disfruté mucho de su lectura, incluso llegando a leer en el colectivo o subte (cuando lograba sentarme) y en la playa (en un fin de semana largo).

Es que es una novela que, quizás, no es atrapante desde el principio. El primer capítulo resume una serie de recuerdos en que la narradora cuenta, casi en tiempo real, los pensamientos de la protagonista. Todo parece ser una confusión de nombres en su cabeza, que es narrada con gran realismo. Siguiendo, en los primeros capítulos, que vendrían a funcionar como un preámbulo de la historia principal, no pasa naranja. Bueno, no es tan así, pero pasa poco. Se nos presenta un caso policial, sabemos muy poco, no tenemos idea para dónde agarrar…

Pero la cosa se pone un poco más jugosa pasadas las primeras 70-80 páginas (de esta edición). De repente, uno empieza a encontrar datos por aquí y por allá, sucesos, que uno no sabe si son irrelevantes o si en realidad nos dan indicios clave para la resolución del caso. En efecto, la protagonista se irá encontrando con personajes cada vez más relacionados con lo que se está investigando. Una característica que me encantó de esta novela es que, en el medio, se produce un pequeño suceso policial, una especie de caso secundario que es, en alguna manera, funcional a la historia principal. Por un tiempo, el foco está desviado, y eso oxigena la lectura, es como una parada a descansar. Esto no pasa sólo con este hecho aislado: hay, convenientemente distribuidos, capítulos que narran historias secundarias. Como en toda la novela, uno no sabe si estas historias tienen alguna relación o no con el caso. Esta ambigüedad suma muchísimos puntos.

Es interesante notar cómo la sospecha va mutando de un personaje a otro. Siempre la encargada de aventarlas es la protagonista, que pareciera tener gran intuición mezclada, a veces, con cierta maldad. Y en esto me detengo. En un punto de la lectura, es imposible no odiar a Miss Jane Marple, la protagonista. Según su propia definición, es “una vieja cotilla”, y ella misma reconoce que ésta es una de sus mejores armas para desentrañar el hecho delictivo.


“Era curiosa, hacía preguntas y era la clase de persona de la que se esperaba que las hiciera. Podías enviar a un detective privado (…) pero resultaba mucho más sencillo enviar a una anciana con el hábito de curiosear y hacer preguntas, de hablar demasiado, de querer averiguar cosas y que pareciera algo perfectamente natural”.



Y en eso basa toda su investigación. En un punto es imposible no odiar, o al menos no detestar, a esta persona a la que mucha gente no le gustaría tener encima. Calculo que se la puede emparentar (aunque de lejos) con cierta conductora de TV que tiene un programa de entrevistas, muy prestigioso y de ya varias décadas en la televisión argentina. Pero el recurso le termina dando muy buenos resultados. Volviendo a los sospechosos, cada uno de ellos es señalado por Marple sin dar demasiados argumentos, lo que refuerza lo dicho sobre ella.

El final del libro deja otro muy buen concepto. Pensar estereotipadamente puede fallar; puede salir el tiro por la culata. Se presenta un móvil para el delito, acompañado de evidencia empírica, dando a entender que la repetición de hechos llevará a que se produzca otro igual…pero la verdadera razón para que ocurra el hecho investigado termina siendo otra. Un motivo que puede ser muy realista, pero que en la novela no se da como posible hasta que, finalmente, es esclarecido el caso. Todo termina cerrando. Ah, era así, piensa uno. Un final de grandes descubrimientos.

Y ahora, llegamos al final de esta reseña. Si te gustó, dejame tu comentario abajo. Y si no, los palos también sirven

jueves, 10 de marzo de 2016

Parecía inofensiva

No entendía nada. Estaba alelado, tardé en volver en mí.
- ¿Adolfa? ¿Estás bien?
- Ponele que sí. Está oscuro acá – me respondió la voz de Adolfa, evidentemente confundida. Si yo no entendía lo que había pasado, ella menos aún.
- No he perdido ni la billetera ni los documentos – me dije, como para tranquilizarme, luego de palparme los bolsillos. Fue lo único que atiné a hacer, casi instintivamente. Luego, me había quedado inmóvil.
- Menos mal que no los perdiste. Yo tampoco. Pero, ¿para qué nos van a servir acá?
- ¡Más vale que nos sirven!, ¿por qué no deberían servirnos?
- No estamos en el mismo lugar.
- ¿Cómo que no?
- No. Si de algo estoy segura, es de eso. Me podrás decir loca, pero yo sé que no estamos en el mismo lugar.
- Pero, ¿cómo?
- ¿Cómo? ¿Te preguntás cómo? Pensalo – ya su tono de voz era entre desafiante y exasperado.
- No sabemos dónde estamos, no tenemos idea de nada y vos ya me echás la culpa. Así son ustedes.
- No, así somos nosotras no. Permitime recordarte que si no fuera por vos, no estaríamos acá.
- Siempre termino teniendo yo la culpa. ¿Y ahora qué tengo que ver?
- Vos y tu manía de tocar todo. De meter la mano en los lugares donde nadie te pide.
- Toqué un solo botón. Parecía inofensiva.
- “Toqué un solo botón” – dijo Adolfa en tono burlón.- Sí, tocaste un solo botón. Pero no tenías que tocarlo. ¿Quién te pidió que toques? ¿Quién te manda a jugar con las cosas que no conocés? ¿Meterías la mano en la boca de un león? No. Entonces, no tocás máquinas extrañas. Porque si no hacés macanas. Mirá ahora dónde nos metiste.
- Ahh, ¿ahora la culpa la tengo yo por tocar un botón de ese mamotreto todo oxidado y viejo?
- ¡Y sí! ¿No sabías lo que era? ¿No tenías idea?
- No. En las salas de exhibición las cosas generalmente no funcionan.
- Y tampoco hay que tocarlas. Por algo hay cuerdas y carteles por todos lados de “Prohibido tocar”.
- Y a pesar de todo, la gente toca igual. No me vengas ahora, ¿eh?
- ¿Pero no viste el cartel que había arriba de la máquina?
- No, ¿qué cartel?
Sinceramente, no había mirado el cartel. Debía ser uno de esos de “No tocar” o de “Prohibido fumar”.
- ¡Era la máquina del tiempo!
- Estás diciendo cualquier cosa. ¿La máquina del tiempo?
- ¡Sí! ¡Sí! – Adolfa no cabía en sí de la emoción - ¡La máquina del tiempo, hombre! ¡La del tipo este, no me acuerdo cómo era! ¡Sí! ¡Herbert Wells!
- ¡No puede ser! ¿Cómo va a estar en un museo? Esa máquina no existe. Es sólo un cuento.
- ¡Te digo que sí! ¡Y era la que vimos! Al principio yo tampoco lo creí, pero después miré al costado para ver si mencionaba al artista que había armado la maqueta, y vi que había una placa como las de las máquinas reales. Vos sabés, los motores, las máquinas de taller, esas placas que te dicen de la corriente y esas cosas bien técnicas.
- Pará. ¿Vos me estás diciendo que yo activé la mismísima Máquina del Tiempo?
- ¡Sí, eso hiciste! El botón que tocaste era el que la hacía funcionar.
- ¿Y por qué no me dijiste antes? ¿Antes que tocara el botón? ¡Nos podríamos haber ahorrado este lío!
- Es que tampoco sabía en ese momento. Yo me fui dando cuenta después, cuando rememoré las imágenes. De pronto, no podía ser otra cosa. Tenía que ser eso. Todos los caminos llevaban allí. No cabía duda.
- Ahh, claro, no sabías. Y de golpe te cae la ficha ahora. Te das cuenta, ¿no? ¡Estamos en una época distinta? – y de repente una idea se me hizo presente- ¡Ya no estamos en nuestro tiempo! ¡Las cosas que podrían saberse! ¡Podríamos vivir la historia, todo eso que vemos en los libros, sólo en fotos y en lo que nos dicen! ¡Podríamos saber si son verdad o si nos estuvieron vendiendo cualquier cosa todo este tiempo! ¡O conocer cómo va a ser la vida en el futuro de nuestro tiempo! Autos voladores, viajes en cohete, robots hogareños…
- Bueno, ya está. Mucho Asimov me parece, vos – de repente, Adolfa volvía a la realidad. Trataba de ponerle la cuota de racionalidad a la situación, en el momento en el que ésta era menos necesaria.

Pero yo también acabé por bajar a la Tierra. Un griterío afuera me sacó de ese mundo futurista, y comprendí dos cosas. Una, que no importara le época en la que estuviera, si era el futuro, la voz humana no iba a desaparecer. La gente iba a seguir hablando. Eso de alguna manera me tranquilizaba, porque no concebía un mundo sin palabras orales, sin las inflexiones de la voz humana, las tonalidades. ¿Cómo podemos comunicarnos sin hablar? En un lenguaje plano, sin emoción, monótono. O con una voz como la de los robots. Metálica. ¿Es posible un mundo así? ¿Podría alguna vez evolucionar la tecnología de manera que sea innecesaria la voz humana? No, imposible –pensé, meneando la cabeza-. No puede ser así. Nos moriríamos. Estamos hechos para comunicarnos de otra manera. Es biológico.

La segunda cosa que comprendí fue una palabra, que me sonó, después de unos segundos, muy familiar. Porque era una palabra asociada a un evento. Uno solo. Adolfa no parecía preocupada, pero una idea me cruzó la cabeza como un rayo. Ahí estábamos. De todos los posibles lugares, habíamos ido a caer a ese. Y como ya conocía la historia, me di cuenta de que algo había que hacer.
- ¡Adolfa! ¿Dónde estás? Vamos, que hay que salir de acá y subir- le dije, con tono de urgencia.
- Pero…- Adolfa no llegó a decir nada más. Por casualidad, tropecé con ella y la tomé de la mano. La arrastré hasta la puerta, que en estos momentos estaba semiabierta, y por eso podía ubicar dónde estaba. Ella al principio se resistió, pero después aflojó y me siguió. Ya no la tenía de la mano.
El pasillo estaba desierto. A la mitad encontré una escalera y la llevé hasta allí. Subimos, hasta que nos vimos bajo el mismo cielo de la noche. ¡Un frío hacía! Adolfa se quejó, y la verdad que hacían falta un buen par de sacos para guarecerse de la baja temperatura. Al menos, no había viento.

Torcí mi cabeza y lo vi. Era blanco, y muy grande. Aterrorizaba desde esa posición, en la que dominaba todo. Es que, además, era alto. Visiones de los monstruos más siniestros pasaron por mi cabeza. Claro, en la película, no se lo veía tan grande. Apenas parecía un inofensivo resto de pared a medio caer. Pero acá, frente a frente, era otra cosa. Adolfa pareció, de pronto, darse cuenta de algo. Yo, al mismo tiempo, comencé a correr.

- ¡Hay que subir ya! No hay tiempo que perder – le grité en un tono imperativo que no admitía réplica.
- Pero…
- ¡No hay tiempo! ¡Y si alguno se interpone, lo tiramos hacia el costado! No puede ser que no hagan nada. ¡Ni siquiera intentan doblar! ¿No los escuchaste? ¡Parecería como si quisieran que nos choquemos! ¡Hablaron de frenarlo! ¡Y es imposible, ¿cómo frenás esta mole de barco?!
- Nos meteríamos en un problema enorme. Estaríamos cometiendo un delito gravísimo. ¿No sabés lo que puede pasar? ¡No tenemos defensa posible!
- ¿Preferís que te juzguen en tierra los hombres, o que los peces te contemplen en el fondo del mar?

Ante esto, Adolfa se quedó callada. No encontró la réplica adecuada a tiempo. Yo ya estaba subiendo la escalera que llevaba al puente. Ella, aunque hesitando al principio, me siguió. Casi no sabía lo que estaba haciendo cuando, de un empellón, abrí la puerta del puente, que sorprendentemente estaba sin asegurar. El capitán no estaba allí. Adolfa se quedó vigilando la escalera, mientras yo giraba la rueda del timón hasta que llegó al tope. En ese momento, llegó el capitán. Del desconcierto, se quedó parado en la puerta, sin atinar a hacer nada.


Minutos después, el gran transatlántico, casi sin quererlo, esquivaba el iceberg. 

miércoles, 2 de marzo de 2016

Encuentros Casuales (BUATales #1)

Buenas a todos! Hace unas semanas, en Blogueros Unidos Argentina, un chico trajo una excelente idea, muy original por cierto.

Consistía en escribir un cuento, de extensión media ("5 a 7 mil caracteres con espacios", según su definición), sobre algún tema que elijamos. Sea como sea, la idea era remover un poco los engranajes creativos de nuestra cabeza haciéndonos producir, a nosotros que somos tan consumidores de literatura. Me encantó la iniciativa, y obviamente, me metí desde el primer día.

Hoy es el día elegido para que, finalmente, mostremos nuestra primera entrada, así que...aquí los dejo con ella. Una historia...bueno, mejor no digo nada y dejo que ustedes la lean. 






Lucía sale a caminar por la plaza una tarde, típica tarde de sábado, luego de haber almorzado y dormido la siesta. Ve un banco, se sienta y comienza a leer su ejemplar de Por quién doblan las campanas, ella, tan adepta a la literatura inglesa. Tanto, tanto, que el libro que leía estaba escrito en inglés. Varias horas más tarde, cuando la ya escasa luz del día le dificulta la lectura, coloca el señalador en la página, cierra el libro y se dispone a volver.

Allá por la salida del parque (por alguna extraña razón, en Buenos Aires, los parques están enrejados), un chico de cara redonda y ojos azules entrando al parque. Lucía lo mira para no chocarse con él, ya que la entrada, debido a arreglos en la vereda, está reducida. De repente, De pronto, ¡mariposas en la panza! Él también la estaba mirando. Lo logra esquivar con lo justo, sale a la calle y llega a la casa, donde –quizás- planifique la noche, quizás mire una película, como hace todos los sábados.

Dos días más tarde, ya lunes, Lucía en el colectivo, de ida al trabajo. Un chico de cara redonda y ojos azules se sube, en la parada siguiente a la que ella se subió. Tres con veinticinco, le dice al chofer, luego de saludarlo, cortesía que éste no devuelve, tan absorto que está en el tránsito de la mañana. El chico se para al lado del asiento donde está Lucía. Se libera el asiento al lado de ella y el chico, cortésmente, le pide acceso a él. Cruzan unas palabras, más que nada porque Lucía lleva un colgante de piedras verdes. La madre del chico resulta tener uno igual. La charla le sirve a Lucía, al menos, para pasar el tiempo del viaje, que de a ratos se vuelve tedioso por el tráfico. Ambos se bajan en distintas paradas, en el centro.

Jueves. Fila en la verdulería, Lucía está última en la cola. Llega al comercio un chico de cara redonda y ojos azules. Se pone último, como debe ser. La caída de una naranja de la pila que está al lado de ambos sirve de disparador para que surja la charla. Que si sos del barrio, que me crucé alguien igual a vos el otro día, que las manzanas están por las nubes debido a la ola de frío, que tengo que llevar acelga para la tarta, que es muy nutritiva, amo la tarta de acelga, con un par de huevos queda espectacular, y otras confesiones culinarias.

La atienden a Lucía. Lleva las plantas de acelga mencionadas, además de algunas frutas. Cuando sale del local, con alguna excusa de ocasión se queda afuera. Atienden al chico, que lleva un variopinto de frutas y verduras. Compras de la semana, que le dicen. Sale. Ve a Lucía como esperándolo afuera, porque quién va a creerse su excusa, nadie sale de un local y se queda afuera de él. Juntos van hasta el edificio de ella, que resulta estar a media cuadra del de él. En el viaje, risas, charlas sin sentido, miradas cómplices, las mismas mariposas en el estómago que había sentido en el parque. Visiblemente emocionada, Lucía abre la puerta de su edificio y sube hasta su departamento. Le toma varios minutos calmarse.

Una idea parece afirmarse en la cabeza de Lucía. Repasa. El chico del parque no tenía la cara taaaan redonda. No, no puede ser el. Pero si tenía los mismos ojos que éste… Y además era de la misma estatura, ella lo tenía que mirar ligeramente hacia arriba. La altura perfecta para caminar abrazados, piensa. Las imágenes se suceden en la cabeza de Lucía, como una gran telaraña de posibilidades, un gran árbol de probabilidades que se ramifica más y más, pero que en su raíz tiene… al chico del parque. Entre esa maraña de rosas, finalmente, Lucía concilia el sueño.

Ha llegado el domingo. Lucía y el chico de ojos azules y cara redonda van al parque. Ahora Lucía no lleva libros, pero en cambio lleva con ella la emoción de un primer encuentro. Entra al parque, ve a su chico que (tal como habían quedado) lleva un pulóver verde y un par de jeans celestes. Los diez metros que los separan son los diez metros más difíciles de recorrer que jamás ha enfrentado Lucía. Él la mira. Ella tiene la mirada en el pasto, en un árbol, en un pájaro que emprende vuelo, pero no en él. Hasta que es inevitable, lo tiene que mirar para saber adónde está. Su corazón late con tanta fuerza que ella cree tener dentro de su pecho una persona tocando el bombo. Cuando se encuentran, Lucía esquiva el desmayo por milímetros.

Charlan animadamente por un buen rato, con la compañía de un mate que cambia rítmicamente de manos, hasta que se acaba el agua. Luego todo sucede. Lucía lo ve al chico cada vez más cerca, tanto que puede observar sus pestañas y distinguirlas una de otra. El dique que contiene las emociones de Lucía se rompe con un pavoroso estallido, y ahí están los dos, libres y en las nubes…


Finalmente, Lucía y el chico salen del parque, los dedos entrelazados, el paso cadencioso, la levedad de saber que nada de lo que pasa alrededor forma parte de su mundo. Afuera, los autos se agolpan en la avenida, los conductores, entre hastiados y furiosos hacen tocar la bocina o simplemente lanzan imprecaciones. Pero Lucía y el chico de ojos azules y cara redonda no necesitan tocar bocina, ni insultar al aire. Viajan en una nube. Yo los veo alejarse por la vereda, recorriendo un camino en el que no vale correr. Y pienso en que, al fin y al cabo, todos los árboles alguna vez fueron una pequeña semilla.




¿Qué les pareció?


viernes, 19 de febrero de 2016

Covers que superan al original

En un principio, allá por los 90, era Napster, antes de quedar enredado en esa pelea legal con las discográficas que con el tiempo lo volvió un sitio pago. Luego de esto un relativo bajo perfil en los programas de intercambio de música, en el que los que más destacaban fueron Winamp y Kazaa. No fueron muy usados en Argentina, debido a que en la época (principios de la década del 2000) la banda ancha, insumo indispensable para pensar en piratear bajarse canciones de Internet, no había penetrado tanto en la sociedad. Entonces, bajarse una canción era una tarea que podía demandar varios minutos. Más adelante apareció Ares, que fue verdaderamente un fenómeno, sobre todo porque disfrutaba de algo que sus predecesores no tenían: la banda ancha en la mayoría de los hogares argentinos (nota al pie: cuando me inicié con este programa, no había banda ancha en casa, y cada canción me demoraba, más o menos, lo que dura escucharla. Después tuve y fue otra cosa). Con la era Youtube llegó la última innovación en la obtención de música a través de Internet: los programas que convierten el video en audio.

Ojo, no todo era pirata, ilegal. También había medios legales de descarga de música. Un ejemplo es MySpace, donde los artistas pueden elegir (y lo hacen de modo creciente) colgar su música, es decir, subir las canciones a la plataforma para que los seguidores de la banda puedan descargarlas desde allí. O la tienda iTunes donde, aunque en este caso pagando, se pueden obtener las canciones. Eso sin nombrar a la aplicación estrella, una cuyo nombre empieza con S, que incluso permite tener las canciones en tu celular por una módica suma.

Seguramente estos programas deben haber cambiado la vida de muchísimas personas. Y claro, junto con la llegada del MP3 simplificaron el proceso de escuchar música, un innegociable en ciertas situaciones como los viajes en colectivo, esperas, caminatas por la calle solos (siempre me negué a escuchar música mientras camino) o simplemente antes de dormir.

La práctica de descargar canciones, sin embargo, no estaba exenta de problemas. Y uno de los más graves (luego de quedarse sin conexión) era, desafortunadamente, la inexactitud de la información. Léase nombres mal puestos, gente ignorante que no sabe quién está cantando lo que subió, o el cartelito que usted quiera. Lo usual, al buscar una canción, era buscarla por nombre o por banda/cantante. Y en la gran mayoría de los casos, la información era exacta. Por ejemplo, ponías “Satisfaction”, de los “Rolling Stones”, y el programa de descarga de música lo encontraba y te daba la opción de bajarlo. Pero claro, siempre hay excepciones. Y entonces te podías encontrar con que te bajabas Satisfaction, pero al escuchar la voz decías “no, ese no es ni por casualidad Mick Jagger”. Y otros ejemplos. Como sea, estos problemas (que yo sufrí limitadamente, pero me pasaron), además de suscitar mis más nobles pensamientos acerca de quienes habían etiquetado las canciones, abrieron la puerta a algo verdaderamente maravilloso y nuevo:

Los Covers que suenan mejor que el original.

Y es que, en muchas ocasiones, nos encontramos con canciones que son creadas por un artista, y que por una de esas cosas del destino terminan siendo versionadas por otro, y la nueva versión es mejor que la original. Obviamente, esto es altamente subjetivo, ya que, tratándose de una canción hecha por varios artistas, unos pueden opinar que una determinada versión es la mejor, y otro pueden opinar que otra versión es la mejor. Incluso pasa con versiones en vivo y de estudio de un mismo tema.

Lo que también puede pasar es que una banda muy conocida haga un cover de una canción escrita por otra banda, no tan conocida. Y, en razón de la mayor popularidad de la banda versionante, esta nueva versión se haga más conocida y sea percibida como mejor. Esto pasó mucho en las décadas de 1960 y 1970, con bandas muy conocidas en esa época que versionaban temas de cantantes de los 50, que no eran tan conocidos (el auge del marketing musical, por llamarlo de alguna manera, comenzó en los 60 con la ola inglesa o invasión británica, la llegada masiva de música inglesa a los EE.UU.).

Y en tantos otros casos, la razón puede ser que una letra se ajuste mejor al tipo de sonido propuesto por una banda distinta de la original. Por ejemplo, una canción que inicialmente era un blues pero, al introducirle guitarras distorsionadas, el efecto sonoro es mucho más cautivante al oído. O una canción que, lenta, suena más agradable que la versión más rápida. O versiones acústicas vs. eléctricas: muchas veces pasa en ediciones al estilo MTV Unplugged donde, al estar restringido el instrumental a instrumentos acústicos y percusión ligera, se logra una armonía que puede superar a la de la canción original.


Acá abajo dejo una lista de algunos ejemplos, los que en este momento más recuerdo haber escuchado y dicho "esto es mejor que el original". Obviamente, la lista no es exhaustiva ni tampoco pretende ser del acuerdo de todos los que lean esta nota. Cada quién puede tener diferentes miradas acerca de qué canciones son mejores en original y cuáles tienen otra versión no original que las supera, prueba de esto es la gran cantidad de listas que circulan por Internet. Los temas elegidos son entre medianamente y muy conocidos, y en algunos casos son canciones de las que la versión cover es mucho más conocida que la original. 

Dazed and confused - Led Zeppelin (Jake Holmes)

Poco se conoce de la original de Jake Holmes, pero la realidad es que esta canción es una de las más conocidas (estaría en un primer pelotón) de la banda de Jimmy Page y Robert Plant. Definitivamente, el virtuosismo del guitarrista le agrega ese algo que le faltaba a la versión inicial.
Nota al pie: Los de Led Zeppelin cambiaron parte de la letra, aunque aún puede considerarse un cover. Además, Jimmy Page grabó otra versión de esa misma canción durante su pertenencia a The Yardbirds.






Triste canción de amor - La Renga (El Tri)

Mientras que la versión de la banda mexicana es un tanto reggaera, los arreglos decididamente más rockeros de La Renga le quedan mucho mejor.






While my guitar gently weeps - Eric Clapton and George Harrison (vivo en Japón) (The Beatles)

En esta canción, los Beatles lisa y llanamente le pifiaron clamorosamente con la batería. Suena un tanto repetitiva. De entre todas las versiones que se hicieron en vivo de esta canción, elijo la que hicieron Eric Clapton y George Harrison en Japón (la del video) más que nada por el solo de guitarra al final. Aunque los arreglos, en general, son mucho mejores.



(no había versión "original" de esta canción en Youtube)



Since I don’t have you - Guns N' Roses (The Skyliners)

En este caso, el mérito para la versión de los Guns es quizás que su cover llegó a ser más conocido que la versión cincuentosa de los Skyliners. Al margen de eso, tratándose de una canción de tono melancólico, la potencia que le imprimen Axl, Slash y compañía saca a la canción de esa “perfección” (parece todo demasiado bien armado) que tiene la canción original.
La versión de los Skyliners no es, en realidad, lo que se diría mala, diría que está bastante cerca de la de los Guns, pero esta última para mí es superior.






It’s my life - No Doubt (Talk Talk)

La version de No Doubt tiene, quizás, una tonalidad más dramática que la de Talk Talk, que termina adaptándose mejor a la letra.





Si les gustó la entrada, no duden en comentarlo... y en acercar, si lo desean, sus propios ejemplos de canciones que les parezca que, versionadas por otras bandas, suenan mejores que la primera versión.

jueves, 21 de enero de 2016

One-hit Wonders

¡Hola, lectores! He vuelto al blog después de mucho tiempo, fácilmente dos semanas. Sucede que la modorra post Fiestas y año cargado hizo su efecto, y me dediqué (un poco con pena, es cierto) a lo que se podría describir como flotar en el aire, inmóvil, sometido a los designios del viento de mis pensamientos. En términos llanos, a relajarme. Es verdad, leí. Pero lo que se dice producir algo de mi propia creatividad, quedó en un seguntercer plano.

En esta entrada quiero hablar de algo maravilloso que tiene la música, una de esas cosas que uno no puede dejar de notar cuando se la encuentra.

Hay muchas formas de identificar a una banda de música. Incontables. Por su estilo musical, porque el guitarrista es virtuoso, porque el cantante tiene muy linda voz, porque salen al escenario todos pintados en sus recitales. Algunas, las menos, terminan siendo bandas de época y son símbolo del momento en que estaban activas. Otras, menos todavía, trascienden la historia y terminan siendo escuchadas por una verdadera legión de fanáticos que, en su mayoría, son jóvenes, y que probablemente nunca hayan visto en vivo a los músicos que les vuelan la cabeza.

Otras bandas, en cambio, no son reconocidas por ninguna de estas cosas. No. Las recuerdan por alguna canción en especial, como asociando artista con canción. No está mal, pero lo sorprendente es que, muchas veces, esa canción es la única que se le conoce a la banda. Estanos en presencia, señoras y señores, de los estimados y nunca bien ponderados one-hit-wonders, esos artistas, ya sea bandas o solistas, a los que la inmensa mayoría de la gente les conoce una sola canción.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Post de fin de año y Fiestas

¡Hola lectores! La verdad es que en estos días no me dio mucho por escribir en el blog. Entre los festejos por las Fiestas y las lógicas ganas, luego de un año bastante movido, de tener unos días para dedicarme a hacer nada más que cumplir con el horario y las obligaciones del trabajo, como que fui relegando cosas a un segundo, tercer y hasta cuarto plano. Además, con el clima que está haciendo y una pileta cerca, realmente no había mucho incentivo para estar frente a una computadora escribiendo. Eso va a cambiar cuando se invente la computadora resistente al agua (no sé qué tan práctica sería, pero la tecnología ha logrado cada cosa que…).

De todos modos, me puse las pilas y acá estoy, escribiendo este post para cerrar el año bloguero.

Primero que nada, quería desearles a todos unas muy ¡Felices Fiestas!

Y ya que estamos hablando de las Fiestas, ¿qué mejor que unos minutos de reflexión, entre tanto festejo y buena vida, para pensar por un ratito en otras cosas? Porque sí, las Fiestas son ese momento en el que casi todos festejamos, comemos hasta hartarnos y más todavía, recuperamos los kilos perdidos en el año o nos creamos un lastre intolerable para la playa (depende cómo querramos verlo), vemos a nuestras familias y amigos, salimos en las noches del 24 y el 31…en fin, no me va a alcanzar el post para enumerar todas las cosas que se podrían hacer. Pero también son un muy buen momento para acordarnos de ese amigo nuestro que no la está pasando tan bien, que le falta el dinero, o el afecto, o ese familiar que nunca nos bancamos pero en el fondo es bueno. O esas personas que dejamos de ver y que la rutina o la falta de impulso hicieron que se nos alejara más y más y que ahora hace un montón que no hablamos. Este período de Fiestas, quizás, es el momento ideal para retomar contactos.

Ojo, yo nunca fui un defensor de los balances de fin de año, de las listas de cosas para hacer en el año ni de artilugios de ese calibre. Siempre me parecieron demasiado masoquistas, en el sentido de que uno termina volcando las miserias de la vida, lo que salió mal en el año, lo que no pudimos hacer y que nos habíamos propuesto el primero de enero de la vuelta solar que está acabando. Sin embargo, si podemos abstraernos de estas cosas y hacer buen uso del tiempo que tenemos para pensar, o directamente no hacer retrospectiva, encontraremos en el tiempo entrefiestas un excelente momento para dedicarnos a lo que no podemos en el resto del año, o simplemente a disfrutar. Por algo se llaman “fiestas”, ¿no?

Y este cierre de año, tan bueno para la mayoría de nosotros, nos puede también servir para acordarnos de gente que no es allegada nuestra, pero que, en todo caso, sufren contingencias que nos pasan cerca. Hablo de quienes en este momento están viendo sus casas, sus bienes, todo por lo que han luchado, ser llevado por la fuerza del agua en Concordia, y los que lo sufrieron en Luján y otras ciudades a mediados de año (y que seguramente ahora mismo deben estar reconstruyendo a pulmón lo que tenían). Los que, en Buenos Aires y conurbano, sufren por los cortes de luz y la falta de agua. Y tantas otras personas que sufren desastres naturales. Vale la pena pensar en ellos, acordarse de que hay gente verdaderamente en problemas, y quizás así podamos darnos cuenta de que, muchas veces, las cosas de las que nos quejamos son insignificantes, de que somos mucho más agraciados de lo que creemos. Creer que somos agraciados, muchas veces, es la base de que se nos den las cosas buenas.

Yo estas Fiestas las pasaré en compañía de mi familia y eventualmente de amigos a los que veré a lo largo de los días. Y seguramente en enero, mes en el que se van todos de vacaciones y la ciudad queda ¡por fin! con mucha menos gente y es más fácil moverse, ir de compras, todo… retomaré algunas de las cosas que había dejado en diciembre. Como leer, la guitarra, escribir y sigue la lista.


Así que no me queda más que desearles un muy feliz Año Nuevo, y esperar que el 2016 sea aún mejor que el 2015!!

Y ustedes, ¿qué esperan del 2016?


sábado, 26 de diciembre de 2015

Iniciativa FFO - Primera Ronda - Navidad

Hola, lectores!

Primero que nada, espero que estén pasando unas excelentes fiestas. Llenas de alegría y de gozo, y con la gente que más quieren.

Esta es mi primera entrada de la iniciativa Freelance Friends Online, alias FFO. Esta iniciativa fue creada por Agustina y Micaela, y a mí me tocó hacer pareja con Fátima de Mis atrapasueños . En esta primera ronda, la temática fue, obviamente, navideña, y nos tocó escribir o un cuento o una canción navideña. Decidimos escribir un cuento cada uno, uno feliz y otro triste, y elaborar, al final, una moraleja que tuviera en cuenta la temática de los dos pero que sirviera como enseñanza en estas Fiestas. 

Aquí les dejo los dos cuentos y la moraleja, para que disfruten.

Felices fiestas!!

Mi cuento:


El niño esperó a que el último vehículo hubiera atravesado la esquina y se dispuso a cruzar la calle. Hacía algo de frío y tenía hambre, pero él no lo sentía: el más profundo instinto de supervivencia le había hecho bloquear los desesperados clamores de su estómago pidiendo comida. Hay veces que la situación no amerita más que aguantar con lo que se tiene, o reventar de desesperación. Y él no iba a reventar, lo tenía muy claro.

Era imposible acordarse cuánto tiempo llevaba el chiquillo viviendo esa vida anómica, desangelada. Su familia había recorrido un camino plagado de eventos. La madre se había casado con el padre, y había ido a vivir a casa de éste, una casa con todas las comodidades, aunque no podía ser considerada una mansión. Una vez allí, la pareja tuvo a su hijo, al que nombraron Gabriel, por el arcángel. Sin embargo, lejos su vida estuvo de ser la de uno de dichos seres: se descubrió que el padre había conseguido la casa con dineros mal habidos, así que un buen día la incipiente familia fue notificada de que debía abandonar la casa, que había legalmente pasado a ser propiedad de uno de los acreedores de su padre. Éste, por su parte, luego del desalojo desapareció por completo. Y digo por completo pues ni Gabriel ni su madre supieron nunca más de él.

La madre, por su parte, también al cabo de unos meses debió separarse de su hijo, aunque esta vez por su imposibilidad de sostenerlo sin ingresos de dinero. Apenas podía mantenerse ella, ¿qué se podía esperar en términos de criar un hijo? Así es que, proceso judicial mediante (ya se sabía, durante el juicio al padre de Gabriel, que ella no poseía trabajo estable), la guarda de Gabriel fue dada a un orfanato, una de esas instituciones que “crían” y “educan” a los niños sin padres ni familiares que puedan hacerse cargo de ellos.

En el orfanato, Gabriel conoció las cuatro comidas diarias, aunque éstas no fueran, casi nunca, más que fideos, arroz y pan, muchas veces viejos. Los demás niños del lugar no tenían demasiado problema con él, aunque tampoco Gabriel tenía mucha relación con ellos; se sentía raro en ese espacio, en el que todos los chicos tenían una historia de vida complicada (aceptémoslo, nadie coloca a sus hijos en un orfanato porque sí, y no creo que vivir en uno sea una experiencia que los más chicos quieran tener), y Gabriel tampoco era tan grande como para entender. Simplemente porque algo de eso había vivido él mismo, pero no había tenido tiempo aún de procesarlo. Las que sí que no se parecían en nada a su madre eran las personas que tenían, justamente, que cumplir ese rol. Gabriel, de entrada nomás, no logró hacer buenas migas con ninguna de las supervisoras ni celadoras; para él eran simplemente policías que esperaban que uno hiciera algo indebido para castigarlo. Encima, el tiempo que tenían para jugar era muy poco: las celadoras los dejaban salir al patio del orfanato (un patio sin la más mínima mata de pasto) solamente por pocas horas diarias y siempre programadas; no existía el concepto de “salir a jugar hasta que caiga el sol”, tan común entre niños de su edad. Por lo menos en el lugar los hacían estudiar a los chicos, como para que, al momento de salir, tuvieran alguna educación, aunque más no fuera primaria.


Una tarde de fin de la primavera, cuando estaba por hacerse de noche y los chicos estaban por darse el baño de todos los días, Gabriel sintió algo raro. No supo bien qué era, parecía ser un llamado de la naturaleza, pero de una forma extraña, que sentía más que nada en el pecho. Una sensación como de pesadez. En días sucesivos, de a ratos sentía lo mismo, aunque sin poder precisar qué era lo que sentía, ni siquiera ante el médico que fue llamado de urgencia una noche al orfanato para determinar por qué Gabriel se había descompuesto y no toleraba la comida (todo esto después de que las celadoras hubieran tratado de “reencauzar” al chico con los métodos pedagógicos acostumbrados).

Llegó el 24 de diciembre. Y Gabriel, finalmente, sí tuvo un principio de entendimiento de qué había pasado. Ese día, se iba a hacer una representación teatral de la Navidad. Los chicos habían pasado algunas semanas ensayando y, la verdad, no había sido del todo malo. Estaban entretenidos con hacer algo diferente, algo que en todo el resto del año no hacían, y además se renovaban sus esperanzas de conseguir algún regalo. La representación era de un pesebre, la Nochebuena, José y María llegando a su pueblo, no encontrando lugar para dormir y hallando, finalmente, un pesebre donde María daría a luz a Jesús. Gabriel, en años anteriores, había participado de algunas de las obras, pero este año no. Y vio su oportunidad. Y la aprovechó, mientras todos estaban mirando a sus compañeros actuar.

 Una vez en la calle, Gabriel se alejó rápido de aquel gris edificio, que guardaba sus más pestilentes memorias. No quería estar ahí. No le correspondía. Los demás chicos no eran malos, pero él no quería eso. Y echó a andar por las calles. Cuando estuvo a una cierta distancia del orfanato, entró en una panadería a pedir que le dieran, aunque fuera, un trozo de pan. Luego (ya era de noche) se dedicó a vagar por la ciudad. Observaba a través de las ventanas de las casas, cuando se podía, y veía las familias felices alrededor de la mesa, el pavo navideño o el asado, las bebidas, las decoraciones. ¡Cuánto hubiera dado él por tener eso, en ese momento! Se quedó un largo rato delante de una ventana especialmente grande, alejándose de a ratos para no ser visto desde adentro, observando el espectáculo que se daba puertas adentro. 

- ¿¡Chico, qué haces ahí!?- escuchó Gabriel una voz detrás suyo.

Sin detenerse a mirar quién había sido el autor de esas palabras, Gabriel se echó a correr desesperadamente. Ya había pasado varias veces por la experiencia de escuchar esas palabras en ocasión de estar haciendo algo malo, por lo que les había tomado aversión. En su loca carrera, Gabriel no vio a la mujer que estaba directamente enfrente suyo, caminando por la vereda; digo que no la vio, pero en realidad la vio justo antes de ir a dar con su humanidad de lleno contra ella. 

El choque los dejó a los dos por los suelos. Se miraron. Por alguna razón no lograron quitarse la mirada de encima uno del otro…razón que Gabriel entendió una décima de segundo antes que la mujer. 

- ¡Mamá! – gritó éste.

- ¡Gabriel! ¡Hijo mío! – gritó la mujer, casi al unísono.

Por un segundo pareció que los dos creían haberse confundido, porque no pasó nada; pero luego madre e hijo se fundieron en un larguísimo y fuerte abrazo. Los dos, con abundancia de lágrimas, dieron rienda suelta a las emociones que en ese momento invadían sus cuerpos. Más de diez años habían pasado separados, y ahora se volvían a juntar, en una calle cualquiera, por algo tan inesperado como un encontronazo en la calle, después de que alguien sorprendiera a Gabriel espiando por una ventana en la noche de Navidad. ¡Y tantas cosas habían pasado! Resultó que madre había conseguido un trabajo, no muy bien pago pero estable, y había logrado alquilar una pieza en una casa de muchas habitaciones, que casualmente las ofrecían para quien buscara alojamiento barato. No había encontrado aún una pareja, pero al menos un techo tenía. Y hacia esa pieza se llevó ella a Gabriel. Una vez ahí, comieron algo y se contaron sus vidas, lo que había pasado desde que se habían separado. Gabriel entendió todo. No podía culpar a su madre (con la que, al principio, había mostrado cierta desazón por haberlo abandonado). A las doce de la noche, los dos se abrazaron en esa habitación.

- Feliz navidad, hijo.

- Feliz navidad, mamá. Qué suerte tenerte cerca otra vez, te extrañé mucho.

- No le agradezcas a la suerte, hijo. Es Navidad. El milagro de la Navidad se produjo. El Niño Jesús está más vivo que nunca.




El cuento de Fátima:


El frío se colaba por sus huesos, sus dientes castañeaban, y todo su cuerpo tiritaba. ¡Ay! Cuánto deseaba un poco de calor. Para olvidarse un poco empezó a caminar, las calles parecían haber sido espolvoreadas por purpurina plateada, los faros ofrecían al ambiente la calidez que él esperaba, abrazando su cuerpo, y frotando sus brazos para proporcionarse calor continuó andando.

Las personas pasaban a su lado sin notarlo; niños tomados de la mano de sus padres, parejas en cuyos ojos se reflejaba amor, el más puro que había visto. Todos con gorros o abrigos graciosos, que los hacían ver más corpulentos.

¿Qué estaba haciendo ahí?


Era Nochebuena, y todo el mundo se dirigía hacia algún lugar. Pronto los aeropuertos, las estaciones de trenes y hasta los mismos taxis, serían testigos de reencuentros anhelados, de abrazos dados con el más profundo sentimiento de añoranza. Viejecitas volverían a ver a sus hijos, familias enteras se reunirían, todos ocuparían el lugar que no ocupaban hace mucho tiempo, juntos en una mesa.

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Había un sentimiento que aprisionaba su pecho.

Siguió andando con paso lento, sus manos dentro de sus bolsillos, para darles un poco de calor. Su vista clavada al suelo, húmedo por la nieve. Entonces, un niño llorando captó su atención. Miraba a todos lados como si no supiese dónde estaba, se frotaba los ojitos y la angustia era notable. Quiso acercarse a él para preguntarle qué pasaba. Sin embargo cuando estuvo a unos pasos, la que parecía su mamá apareció. Al principio quiso reprenderlo, pero al ver la tristeza en esos ojitos, su mirada se suavizó, lo abrazó con fuerza y cargó en sus brazos.

—No vuelvas a asustarme así, amor mío —dijo la mamá con voz melosa—, pensé que te habías perdido. 

Sin más se alejaron, se fueron, todavía sin reparar en él. Nadie lo hacía, nadie notaba que estaba ahí, con el dolor calando su alma.

¿Por qué? 

Mas adelante en su camino, una chica cargaba una cantidad exagerada de bolsas, probablemente serían los regalos que daría a sus seres queridos, pero lo cierto es que no podía con ellos, y a leguas se le notaba. Otra vez, su espíritu servicial afloró, y corrió hacia la chica para ayudarla. Sin embargo, estando a unos metros, un chico se adelantó, sostuvo todo con lo que ella no podía y luego le dio un tierno beso. Era su novio. Pasaron a su lado, riendo enamorados sin girar ni una sola vez a verlo.

¿Acaso era invisible? 

Un bebé en una carriola lo observó risueño, sus padres se habían detenido en un escaparate por el que pasaba. Parecía ser el único que notaba a ese ser solitario, que ni siquiera sabía cuál era su rumbo, ni hacia dónde se dirigía. Pero, inexplicablemente al sentirse observado, al sentir por fin que alguien lo notaba en ese suburbio en el que cada quien parecía absorto en su propio mundo, el frío extenuante que sentía, y el sentimiento de soledad que lo ahogaba, fue apagándose un poco. Se sintió tan tenue como los rayos del sol muriendo en el crepúsculo. Entonces recordó el cielo... Y luego... No, aún no era el momento.

El pequeño le sonreía, hacía gestos tiernos y jugueteaba, lo miraba con una confianza infinita, él entonces, un poco tímido, le ofreció un atisbo de sonrisa. Eso hizo que el bebé riera aún más, le hacía señas para que se acercara, y él dubitativo se mantenía en su lugar.

—¿Qué es lo que te causa tanta gracia pequeño? —le preguntó su padre. Miró en la misma dirección que el bebé, pero no notó nada.

Él tampoco puede verme, pensó.

Era increíble como sólo ese pequeño lo había visto. Y como todos los demás parecían ignorarlo. Observó sus manos, se tocó el rostro, no. Él se sentía, experimentaba las sensaciones, ¿cómo podría sentir frío si no?

El mundo seguía con su ritmo. Todos iban y venían, y nadie, absolutamente nadie lo notaba. Luego a lo lejos, divisó a alguien que reconoció. Un viejo amigo. A él si lo notaban, pero lo ignoraban a propósito. Pedía limosna, y parecía muerto de frío, aún más que él.

—¡Denle algo por favor! —gritó angustiado, corriendo al lado de su compañero, que parecía vulnerable—, no pasen de largo. ¡Ayudenlo! Puede morir de hipotermia.

Sin embargo todos sus gritos eran en vano, la gente pasaba del pobre hombre abandonado. Y era como si de él ni siquiera viesen nada. Ambos estaban solos ahí.

Una mano se posó sobre su hombro.

Un ser hermoso. Con ¡¿Alas?! Miraba directamente al hombre mendigo, mientras posaba su mano sobre el otro. Su rostro parecía ensombrecido.

—No hagas esfuerzos inútiles —su voz retumbaba como eco, sin embargo provocaba un sosiego inigualable —. Nadie podrá escucharte. Nadie puede verte.

Esta vez lo encaró.

—Pero tienen que poder hacerlo, ¡Tienen qué! Además, morirá si no lo ayudan.

—Como lo hiciste tú.

La afirmación del ser alado lo descolocó. 

—¿Que has dicho? 

—Moriste. Tú ya no perteneces a este mundo. —dolor cruzó las hermosas facciones del que suponía era un ángel—. Él pronto lo hará, y tendré que venir por él, justo como ahora contigo.

—No, eso no es posible. Yo estoy aquí, siento, escucho...

—No puedes palpar las cosas —le dijo. Entonces intentó tocar el poste de un faro, y en efecto, no podía —. Eres consciente de tu cuerpo, de tus sensaciones, porque tu alma aún no ha abandonado este mundo. Sin embargo ella lo sabe, ella piensa en el cielo, allá es adónde vamos.

—Pero... ¿cómo?

—Esta misma tarde fue tu deceso, eras uno de esos vagabundos. Este frío insoportable fue demasiado para ti, pedías cobijo, limosna, algo de comida, y nadie te lo daba. No pudiste, y por eso, al despertar tu alma, lo primero que sintió fue frío. Era tu recuerdo, el último adiós.

—Pero, cuando el pequeño me miró...


—Un alma pura puede notarte, mientras aún estás aquí. Él te dio atención, pero de la única forma que podía. Sentiste paz ¿no es así? —asintió—. Y una suave calidez invadirte. Es porque tu alma sintió que había esperanza. El hombre empezó a llorar—. Vamos, es hora de partir. Fue duro no tener qué comer, no tener abrigo, y estar solo en este cruel mundo. Pero, eso ya pasó.

—Es nochebuena. Y no quiero que mis compañeros estén así. No, no podemos dejarlos aún.

—Lamentablemente no podemos hacer nada, en este mundo son sus propios habitantes los que tienen el poder de cambiar. Sólo nos queda esperar que haya alguien que no pase de largo. El espíritu navideño tocará algún corazón...

—No es suficiente —dijo con rabia 


—No, puede que no. Pero alguno de ellos tendrá un pequeño soplo de esperanza y eso... Es mejor que nada. Ahora, vámonos, no hay más tiempo.

Entonces el hombre se dejó llevar. Rogándole al cielo con todo su corazón, que hubiese alguien que pensara en esas personas que lo acompañaron en vida. Y en esta navidad, al menos tuvieran un soplo pequeño de alegría.



Moraleja


Estas fechas son el momento perfecto para estar con los seres que más queremos, procuramos que la unión sea el plato principal. Nos preocupamos por los regalos, la ropa e incluso la comida. Y por qué no decirlo, las apariencias que tenemos que guardar. Y está bien que pensemos en nuestra familia, en las personas más cercanas a nosotros. Pero debemos ver estas fechas como lo que son, el recuerdo del nacimiento de alguien que no necesitó de cosas ostentosas para traer esperanza. El nacimiento de Jesús. Deberíamos recordar que no es el dinero, ni las cosas materiales lo que importan, sino la unión, el tiempo de calidad. Y también aceptar lo que tenemos, porque es seguro que hay alguien que no lo tiene. En estas fechas, olvidemos las cosas materiales, agradezcamos la comida y el sencillo regalo que nos dieron, y sobre todo, recordemos a los menos afortunados, ellos nos necesitan... cada vez que quieras quejarte por el celular que no te regalaron, recuérdalos, al menos nosotros tenemos un techo, una familia. Seamos esperanza para ellos.